Durante mucho tiempo “la renovación de la catequesis” se entendía como “renovación pedagógica” o “renovación de los contenidos”. Los movimientos catequéticos de los siglos XIX y XX se caracterizaron por un vaivén de insistencias: ya fuera poner la insistencia en los contenidos (preocupación por el mensaje), ya fuera por el acento puesto sobre la metodología (preocupación por el sujeto). Las adquisiciones realizadas por las diversas corrientes catequéticas de pensamiento son ya una riqueza alcanzada e incorporada a la catequesis de la iglesia en el Directorio General para la Catequesis. El momento presente plantea las dificultades de la catequesis y de la transmisión de la fe de una manera más totalizante y global. Es la sociedad misma la que está en un proceso de mutación. Todo está muy cambiado, nos repetimos continuamente. La misma persona humana está cambiada: más fraccionada más acosada por los mismos cambios que ella ha provocado (GS 4). Un modelo de sociedad, al que estábamos acostumbrados, está desapareciendo. Basta ver nuestras iglesias vacías y compararlas con unos años atrás. En esta realidad de cambio, paralela a otras realidades humanas, la acción catequética, con una larga tradición que se inició en los orígenes del cristianismo y que ha atravesado momentos históricos muy diversos, se interroga: ¿Qué tenemos que hacer o cómo tenemos que hacer para mantener el crecimiento de la comunidad cristiana y a la misma comunidad cristiana? No tenemos soluciones mágicas En muchas ocasiones he escuchado a responsables de comunidades cristianas expresiones parecidas a éstas: Que nos digan lo que tenemos que hacer. O, refiriéndose a expertos en una materia: ¡A ver lo que dicen los expertos! Había una conciencia generalizada en los ambientes cristianos de que alguien nos podía dar respuestas seguras a los problemas que nos urgían. Tengo la impresión de que éstos no son aquellos tiempos. La razón es muy sencilla: Porque no conocemos bien nuestro tiempo, nuestra realidad. Porque lo que teníamos antes era más uniforme y había sido contrastado con la sabiduría de unos parámetros que hoy no están ya vigentes. Hoy es más difícil decir qué es posible en una situación concreta; se impone el que las comunidades “inventen”, den respuestas, se atrevan a iniciar caminos nuevos no desde cero sino desde la fe y la tradición de la comunidad. Otras instituciones o entidades pueden tener miedo al presente y al futuro. No así la comunidad cristiana que ha vivido y sobrevivido a la intemperie de los azotes de la historia. No podemos perder de vista que el grupo de los creyentes no va solo. Está acompañado por el Espíritu del Señor que nos sugiere, si le escuchamos bien, salidas originales y oportunas. Fidelidad a Dios y fidelidad al hombre Me parece de suma importancia, en estos momentos, el principio clásico en catequética de la doble fidelidad: fidelidad a Dios y fidelidad a la persona. La fidelidad a Dios es la que nos dará creatividad para anunciar a Dios. Los creyentes profundos, los creyentes con raíces de trato e intimidad con Dios son los que mejor podrán descubrirnos hoy cómo anunciar al Dios que tratan, al Dios que les es familiar. Porque el Dios cristiano no es un Dios que se “sabe”, sino un Dios Padre con quien uno tiene relación. No podemos hablar bien de Dios sin tratarnos con Dios. El trato personal con Dios es el que nos dará pistas para “hablar de Dios” a los demás. Por eso la renovación de la catequesis tiene que ir muy ligada a una renovación de la vida cristiana que incluye el “trato familiar” con Dios. Por otra parte, la fidelidad a los hombres y mujeres concretos, con su realidad, con sus valores y con sus límites nos impondrá un ritmo y una manera de hablarles de Dios que ellos entiendan, Y, sobre todo, nos enseñará a captar el lenguaje que hoy es mejor audible y comprensible. Muchos indicios tenemos para ir intuyendo que la persona de nuestros días es sensible sobre todo al lenguaje del testimonio. Entendemos aquí y ahora por testimonio el lenguaje que se desprende de aquellos creyentes que pueden decir a otros: “Lo que os anuncio de Dios lo podéis ver cumplido en mí. La novedad de Dios no es teoría, sino que es la novedad en la que yo vivo. El Dios que resucitó a Jesús me ha resucitado también a mí y me ha dado una vida nueva que ya estoy viviendo”. Un Evangelio hecho teoría pero que no llegue a cambiar la vida y que esto se pueda palpar es un Evangelio que se aprenderá, pero al que no se le dará crédito. Catequesis que afecta a la vida de la comunidad Durante muchos años en el pasado la catequesis era concebida como un apéndice o como un “añadido” de la comunidad. La comunidad se organizaba en torno a los sacramentos. Lo importante de la acción pastoral de la comunidad eran los sacramentos o la “pastoral sacramental”. Todo lo demás pertenecía a la comunidad, pero de otra manera; casi podríamos decir que “de manera secundaria”, al menos en la praxis, aunque en teoría se pudiera decir otra cosa. La catequesis no interfería en el desarrollo de la acción sacramental. Se mandaba a los catequistas a cursillos, volvían y todo seguía igual. No pasaba nada. Como mucho lo podían notar los miembros del grupo. Es previsible que la catequesis en el futuro de las comunidades cristianas tenga una importancia mayor y que esta importancia se refleje en la misma organización y definición de la comunidad. Hay ejemplos ya en marcha en los que la catequesis afecta a la organización de la celebración tradicional de los domingos. Ir a la “reunión dominical” no es sólo ir a la celebración de la Eucaristía, sino participar adultos y más jóvenes en la catequesis, en diferentes reuniones. Todo un mundo que está por ver cómo se irá estructurando. Perspectiva misionera Muchas comunidades cristianas funcionan como con orejeras: sólo ven y atienden “a los que vienen”, a los “fieles”. Es lo que siempre se ha hecho y es lo que continúan haciendo. Por otra parte es lógico: es “lo que mejor sabemos hacer y hemos visto hacer”. Ciertamente hay que atender a los que vienen, ¡cómo no! Pero hay que hacer esto sin olvidar el mandato del Señor, que es un mandato misionero, de ir a los que están fuera. Tenemos que reconocer que en amplios sectores de la Iglesia que conocemos “existe un miedo solapado y atroz a los que no son de los nuestros”. No los entendemos ni sabemos tratarlos. Los que no son “los de siempre, los fieles” nos desarman cuando vamos con lenguaje que ellos no entienden o con modos que ellos no soportan porque son modos que demuestran autosuficiencia, incomprensión, juicio de valor sobre los otros… Y cuando nos quitan el lenguaje que llevamos aprendido” (que sí soportan muchos de los que vienen habitualmente) (¿?) nos sentimos en el vacío, inseguros. Estamos perdiendo el tren del diálogo con los hombres y mujeres de hoy, Esto es grave. “No decís nada interesante. Habláis para no decir nada, por eso aburrís. No entendéis la vida de hoy”, son frases que nos dicen no los que no nos quieren, sino los que nos quieren y esperan algo más de la Iglesia y no lo encuentran. No es que la gente se aleje de la Iglesia. Es, en la misma proporción por lo menos, que la Iglesia se aleja de la gente o aleja a la gente. Alejamos cuando no decimos nada, cuando no llegamos a la vida de la gente, cuando el Evangelio es una superposición de “algo” a la vida del otro y no un fermento que cambia la vida toda de la persona y de la sociedad. Quizás es que llevamos un Evangelio más aprendido que vivido. Tenemos que aprender a ser Iglesia misionera. Así de sencillo. Y esta lección nos resulta difícil, dura. Tenemos que recordarnos que tenemos un mandato de ir a los de fuera. Es decir, tenemos que aprender a escuchar a los de fuera, sus ansias, sus dolores, sus noches, sus esperanzas, sus sueños e ilusiones, la verdad que hay en ellos. Me parece muy sugerente lo que dicen los obispos franceses a este respeto: “De hecho, hemos podido imaginamos conforme a una lógica más o menos comercial, o por lo menos exclusivamente funcional que la Iglesia, para evangelizar, debería hacer intervenir una especie de ley de la oferta y la demanda, situándose ella en el lado de la oferta y los demás, las personas en espera, del lado de la demanda. En la realidad concreta, en la experiencia efectiva que la Iglesia está llamada a hacer encontrándose con estas personas, ¿qué sucede verdaderamente, y cómo se presenta el camino que conduce a la propuesta de la fe? Estas personas en expectativa no deben ser consideradas pura y llanamente, según la lógica comercial, como unos clientes de la Iglesia, dispuestos a consumir pasivamente lo que tenemos para proponerles. Son por encima de todo, hombres y mujeres que por su esperanza y su camino dan fe de la libertad de Dios y de la obra del Espíritu Santo, que puede despertar en todo ser humano e/ deseo de ir más allá de cuanto vive en lo inmediato” . Entendemos como Iglesia misionera trae consecuencias La primera consecuencia es de identidad: manera de entenderse, de definirnos como comunidad cristiana, de situarnos en esta realidad que vivimos; manera de situarnos ante la meditación de la Palabra del Señor y ante la celebración de su Misterio; manera de entendernos como comunidad cristiana en y con el mundo. La segunda consecuencia es de orden estructural: manera de organizarnos, de repartir incumbencias. Y no se trata de modas ni de concesiones tontas, sino de fidelidad coherente al Señor de cuyo costado salió la Iglesia. En esta estructuración tiene un papel relevante la acción misionera y la acción catequética, Muchos fenómenos pequeños, a modo de gérmenes, nos invitan a repensar todo: los niños que no son bautizamos y piden el bautismo en edad avanzada, los adultos que no están bautizados o que “están de vuelta” y quieren participar de nuevo en la vida de la comunidad, pero lo quieren hacer conservando su libertad, su uso racional de la palabra y el pensamiento. Tiene que haber maneras para ser una comunidad plural unidos por la fuerza del Espíritu, no de la ley ni de los caprichos del responsable de turno en la comunidad. Tendremos que mirar la estructura de la comunidad que evangeliza desde detalles tan sencillos como los horarios de atención a la gente, los horarios de actividades y celebraciones, la utilización de los lugares religiosos, la utilización del arte religioso, de los edificios artísticos religiosos… Tenemos muchos libros de catequesis impresos en piedra y no nos damos cuenta y no los utilizamos… Es una responsabilidad de la que debemos dar cuenta. Ser comunidad de servicio y samaritana comienza por estos detalles pequeños que nos llevan a organizarnos teniendo en cuenta en primer lugar las necesidades de aquellos a los que servimos en nombre del Señor.

P. Álvaro Ginel Director de la revista Catequistas Revista Catequistas 181 (2007)